Cuando el niño era niño: Violencia escolar, contagio y pérdida de sentido
Por Ricardo Grinszpun.-
Hubo un tiempo en el que la infancia estaba asociada a una cierta inocencia estructural. “Cuando el niño era niño”, parafraseando a la poesía de “Las alas del deseo”, el mundo no estaba completamente mediado por la violencia, ni por su representación constante. Hoy, esa distancia parece haberse erosionado.
Los recientes episodios de violencia en numerosas escuelas argentinas no son meros hechos policiales ni desviaciones individuales. Son signos. Manifestaciones visibles de una transformación más profunda en la subjetividad contemporánea. La escuela no produce esa violencia: la recibe. Y, en muchos casos, queda expuesta.
El caso ocurrido en la provincia de Santa Fe, donde un estudiante ingresó armado a su escuela y mató, no es el único, pero sí uno que obliga a mirar. A su alrededor, proliferan formas igualmente significativas: agresiones, bullying persistente, amenazas, conflictos que escalan sin mediación.
Aquí aparece una pregunta más radical: ¿qué le está ocurriendo al modo en que los jóvenes procesan su dolor, su frustración y su existencia misma?
Desde una perspectiva más profunda, la violencia puede ser leída como un lenguaje. Obviamente lejos de ser el más elaborado, pero sí el más inmediato. Surge cuando la palabra no alcanza o no existe. Cuando no hay nadie disponible para escuchar. Cuando el mundo interno carece de sostén.
En este sentido, la violencia no es solo un acto contra otro. Es, muchas veces, un acto de emergencia del propio ser. Una forma extrema de decir “estoy acá” en un contexto donde otras formas de presencia han sido debilitadas.
El entorno en el que esto ocurre no es neutro. Crisis económica, fragilidad de los vínculos familiares, la aceleración del tiempo social, la distorsión de valores, la ausencia de sentido, el consecuente impacto en la salud mental y la exposición constante a estímulos digitales configuran un escenario donde la configuración de la personalidad sucede sin reflexión ni profundidad. En síntesis, al niño que era niño se le va rompiendo el alma…
Pero hay un elemento adicional que define esta época: la lógica del contagio.
La violencia escolar ya no se limita a su ocurrencia puntual. Cada hecho significativo se convierte en un evento replicable. No porque exista una coordinación explícita, sino porque se instala como posibilidad.
Alguien observa. Alguien se identifica. Alguien imagina. Y, eventualmente, alguien actúa. Este es otro desafío: la violencia como fenómeno imitable. Como una forma que se propaga no por imposición, sino por identificación.
Si este fuera un escenario viral, aquí aparece un límite incómodo: no existe una “vacuna” en el sentido. No hay una intervención única que desactive este proceso, porque su raíz no es externa, es subjetiva y es cultural.
Lo que sí puede existir es algo más sutil: una inmunidad simbólica. Allí donde hay palabra, escucha y tiempo, Presencia, reflexión, la identificación pierde fuerza. Allí donde alguien puede nombrar lo que le ocurre, disminuye la necesidad de actuarlo. Pero estos espacios requieren condiciones que hoy escasean: presencia, atención, profundidad.
Las consecuencias ya son visibles. La escuela deja de ser un espacio protegido y protector para transformarse en un territorio incierto. Los docentes, muchas veces desbordados, asumen funciones para las que no han sido preparados ni les corresponde. Las familias se mueven entre la preocupación, la ignorancia y la impotencia.
Y más inquietante aun, no es solo la violencia en sí, sino su progresiva naturalización. Cuando la violencia deja de sorprender, se vuelve parte del paisaje. Y cuando se vuelve parte del paisaje, se integra como una opción.
El pronóstico, en este contexto, no es tranquilizador. Es esperable que estos fenómenos continúen expandiéndose en sus formas más cotidianas. No necesariamente en su versión extrema, pero sí en su presencia constante y en su capacidad de instalarse como lenguaje disponible.
Sin embargo, toda expansión también supone un límite.
Estos fenómenos pueden ser leídos como síntomas de una crisis de sentido. Y todo síntoma, en algún punto, revela aquello que ha sido desplazado. Lo que está en juego no es solo la violencia, sino la pérdida de ciertas condiciones fundamentales: permanecer en nuestro auténtico espíritu, tener el tiempo necesario para elaborar, poder ver al otro como presencia real, sostener la palabra como mediación.
“Cuando el niño era niño”, el mundo no era necesariamente mejor. Pero tal vez había más espacio para la experiencia y su acción. Más distancia. Más posibilidad de elaboración.
Recuperar algo de ese espacio no implica nostalgia, sino consciencia. Porque si la violencia puede propagarse como contagio, también puede hacerlo, aunque sea de manera menos visible, la capacidad de comprender, de contener de transformar, de amar...
Y quizás, en ese movimiento silencioso, de lo individual a lo colectivo, se esté jugando lo esencial: LA VIDA.
Ricardo Grinszpun es Psicoterapeuta (ECP - PCA), Director de Psicodrama, Docente, Escritor e Investigador, todos los viernes participa del programa de radio Ideas Circulares (Radio C 107.3).
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