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Hace menos de un mes escribí sobre la violencia juvenil como resultado de un acuerdo silencioso. Pensaba en Av. Pioneros, en el pibe de 13 años baleado a la salida de la escuela, en los barrios donde el Estado sólo aparece con uniforme. Esta semana aparecieron pintadas anunciando tiroteos en varias escuelas secundarias de Bariloche. Ocurrió también a nivel nacional, en decenas de escuelas de nueve provincias. 

Las amenazas llegan a escuelas céntricas, a colegios parroquiales de sectores medios, al Pellegrini en CABA. No son sólo pibes sin oportunidades los que están sembrando miedo, y por eso violencia y pobreza no son sinónimos. Conviene entonces mirar el sujeto: en la enorme mayoría de los casos son varones adolescentes los que escriben, los que firman, los que viralizan. Esa coincidencia, que atraviesa territorios y realidades materiales, según las coberturas periodísticas de esta semana, en escuelas tan distintas como la Huergo de Caballito, el IPEM 365 de Villa Carlos Paz o el Don Bosco de Bariloche, no puede ser casualidad. Que el lugar sea el baño tampoco puede ser casual.

Escribir para otros varones 

En la escuela, el baño es uno de los pocos espacios sin mirada adulta. Es también donde los varones aprendemos en silencio las primeras reglas de la masculinidad tradicional: quién la tiene más grande, quién se la banca, a quién se carga. Un aula paralela, no declarada, donde se aprende la jerarquía masculina. Que las amenazas aparezcan en su gran mayoría ahí y no en el aula, el patio o el pasillo, debe significar algo. 

El acuerdo silencioso del que hablaba hace un mes sigue acá, pero con otra expresión. Entonces escribí sobre el pacto colectivo de no ver cómo a los pibes de los barrios populares, donde la única presencia estatal es la policial, les cerrábamos los caminos legítimos, y cómo el mandato masculino les ofrecía como salida la pelea, la valentía callejera, el cuerpo como único capital. Las amenazas de esta semana obligan a reconocer que ese mismo acuerdo encubre también el modo en que enseñamos a todos los varones, en todos los barrios, a ser alguien. Cambia la manifestación, pero la pregunta es la misma: cómo existir con nombre propio ante los otros varones. 

Los pibes no odian la escuela, lo que odian es la indiferencia que les ofrecemos como sociedad. La amenaza garabateada en el baño es alguien que pide que lo miren, aunque sea con miedo. Y el circuito mediático-digital le da el auditorio que en la vida no tiene. 

Las redes amplifican, no producen

La psicopedagoga Mariana Savid Saravia advirtió en Perfil sobre el "efecto contagio": cada viralización convierte al autor en un "héroe oscuro" que habilita la próxima copia. El ministro de Seguridad de Córdoba, Juan Pablo Quinteros, mencionó las comunidades tipo TCC (True Crime Community), foros donde adolescentes varones comparten casos reales de violencia y glorifican a perpetradores.

Con ese material es tentador cerrar el diagnóstico en "es un problema de TikTok". No lo es. Ninguna red produce varones violentos, sino que amplifica y recompensa una performance enseñada desde mucho antes de la primera línea de código. El baño es el papel en blanco, sin nadie mirando por encima del hombro más que los mandatos de masculinidad susurrando al oído. Las redes son el megáfono. Intimidar para ser alguien se aprende en los primeros recreos, en los apodos hirientes que siguen sin ser leídos como violencia, en los silencios cómplices con que los varones adultos enseñamos que, si no hay violencia física, no pasó nada.

Seguimos esquivando el problema

Circulan estos días al menos dos miradas que eluden lo que hay que revisar. "Es un reto viral" borra que son varones quienes lo encarnan. "Hay que imputarlos penalmente y multar a la familia" es un gesto punitivo que no desarticula el núcleo del asunto. Las dos miradas permiten hacer algo sin revisar cómo criamos, educamos y acompañamos a los varones. Conforman, de paso, un consenso antidemocrático: no cuestionan desigualdades persistentes, apuntan a dejar intacta la estructura injusta de la que emanan nuestros problemas más asfixiantes.

Si el acuerdo silencioso persiste, la insistencia en señalarlo también tiene que persistir. Hace falta devolverles a los pibes condiciones (no solo materiales) para imaginarse un futuro, trabajar con los varones adolescentes el mandato que les enseñamos, revisar la idea misma de éxito. Generar espacios donde puedan hablar del miedo, del ridículo, de la furia, del lugar en el grupo, sin que todo eso termine escrito con fibrón en la pared de un baño.

Los pibes responden, con lo aprendido, a la indiferencia con la que los tratamos. Romper el acuerdo silencioso entre personas adultas es la condición para que ellos puedan dejar de escribir su desamparo en el baño de varones.

 

Sebastián Fonseca. Sociólogo, docente y escritor.

Autor: admin