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Bariloche asiste hoy a una de las funciones más cínicas de su teatro político. En ese "circo de la realidad" que solemos musicalizar en la radio, el Vertedero Municipal —ese monumento a la desidia que asfixia con humo y lixiviados a los vecinos de El Alto— ha dejado de ser únicamente un drama ambiental para convertirse en el espejo más fiel del basurero de la política.

En el centro de este escenario aparece una figura que ha logrado perfeccionar el arte del equilibrismo y el reciclaje: Marcela González Abdala. Resulta fascinante, con una frialdad casi quirúrgica, observar su metamorfosis de arquitecta del colapso a fiscal de la ruina.

Hagamos un ejercicio de memoria, ese músculo que la política intenta atrofiarnos. Hasta diciembre de 2023, Abdala no fue una espectadora de la crisis del vertedero; fue la mano ejecutora desde la Jefatura de Gabinete de la gestión de Gustavo Gennuso. Fue la cara que defendió prórrogas incumplibles, la que gestionó incendios con disculpas de ocasión y la que permitió que el plazo legal para el cierre del basural se venciera sin una solución de fondo.

Sin embargo, el sistema político local ha diseñado un mecanismo de separación de residuos mucho más eficaz que cualquier planta de tratamiento: el reciclaje de cargos. Ayer, jefa de Gabinete con responsabilidad directa sobre el fracaso del cierre; hoy, legisladora provincial de Juntos Somos Río Negro que señala desde afuera el mismo desastre que no quiso o no pudo resolver desde adentro. Es de un cinismo grosero, inaceptable.

Para esta estirpe de dirigentes, el vertedero no es una urgencia sanitaria ni un foco de contaminación que golpea al Nahuel Huapi; es un set de filmación. Es el escenario ideal para el show, para la campaña demagógica y para "aparecer" ante las cámaras mientras el ciudadano común respira aire tóxico.

Bariloche no necesita solo un vertedero regional o una planta de biogás. Necesita, con una urgencia que quema, un reciclaje ético. Necesitamos clausurar ese basurero de la política que huele tanto peor que los residuos acumulados a la vera de la Ruta 40.

La moraleja que nos deja el derrotero de González Abdala es tan clara como amarga: lo único que se degrada en esta ciudad es la confianza del vecino. Mientras el ciudadano se ahoga en los desechos de una gestión fallida, el funcionario responsable simplemente cambia de piel, de despacho y de discurso.

En este vertedero de ambiciones, lo único que permanece inalterable es la caradura de quien, habiendo provocado el incendio, hoy pretende vendernos el agua para apagarlo.

 

Autor: admin