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Lo ocurrido recientemente en el Congreso de la Nación —con un Jefe de Gabinete más atento a la cámara que al informe de gestión y un Presidente lanzando diatribas en los pasillos— no es un hecho aislado; es una descripción de época. La política argentina ha dejado de ser la herramienta para gestionar la realidad para convertirse en una rama más de la industria del entretenimiento. Hoy, el éxito se mide en engagement y un "clipardo" de diez segundos vale más que una ley.

Este fenómeno se repite a nivel local con concejales y legisladores que presentan proyectos inviables y demagógicos. Estas propuestas, que mueven las expectativas de los vecinos y consumen meses de tratamiento parlamentario, resultan ser puro espectáculo para redes sociales. Mientras se pierde el tiempo en discusiones estériles, los temas urgentes quedan postergados.

Para entender esta deriva, es necesario acudir a los pensadores que anticiparon el vacío de la democracia moderna:

  • La Sociedad del Espectáculo (Guy Debord): El filósofo planteó que "todo lo que antes se vivía directamente, ahora se ha alejado en una representación". En Argentina, la imagen no acompaña a la gestión, la reemplaza. El ciudadano deja de ser un actor político para ser un espectador pasivo que consume el simulacro de un "líder fuerte", ocultando la falta de soluciones reales.
  • Homo Videns (Giovanni Sartori): Sartori diagnosticó el paso del ser capaz de entender conceptos abstractos al ser que solo entiende lo que ve. La "videopolítica" ha mutado en una "algopolítica" donde, si un informe de gestión no tiene un momento viral, no existe. El razonamiento lógico es expulsado por el impacto emocional y visual.
  • Divertirse hasta morir (Neil Postman): Postman advirtió que la política muere cuando adopta las formas del espectáculo. En el Congreso, los cánticos de cancha y la búsqueda de la humillación del otro transforman la política en algo "adictivo" que no admite crítica ni fiscalización, solo el aplauso o el abucheo. Exigir datos sobre recursos públicos se vuelve, entonces, un acto "aburrido" sin clics.

La democracia argentina corre el riesgo de convertirse en un cascarón vacío. Si la viralidad es la única métrica de éxito, habremos aceptado que la política ya no se discute, sino que se consume. Para recuperar el sentido de lo público, es imperativo salir del bucle del algoritmo y volver a cuestionar el control del poder. De lo contrario, seguiremos siendo los espectadores de una obra cuya entrada es cada vez más cara mientras el teatro se cae a pedazos.

Autor: admin