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Existe una forma del mal que no irrumpe violentamente ni necesita imponerse mediante el terror explícito. Se instala lentamente. Se adapta. Se vuelve paisaje. Y precisamente por eso resulta más peligrosa. La naturalización del daño no ocurre cuando la sociedad aprueba conscientemente el sufrimiento, sino cuando deja de reaccionar frente a él.

En los últimos años, la humanidad parece haber desarrollado una capacidad inédita para convivir con situaciones que antes hubiesen generado conmoción colectiva. Violencia escolar extrema, deterioro de la salud mental, adicciones crecientes, degradación del lenguaje público, aislamiento emocional, medicalización excesiva, banalización de la crueldad digital y pérdida de sentido existencial conviven diariamente con una ciudadanía cada vez más saturada, cansada y anestesiada.

La sociedad distópica no siempre se manifiesta mediante dictaduras visibles o mecanismos evidentes de opresión. A veces aparece bajo formas mucho más sofisticadas: hiperestimulación, distracción permanente, consumo compulsivo de información y adaptación emocional al deterioro. El problema no es solamente el daño que sucede, sino la velocidad con que aprendemos a convivir con él.

En el ámbito educativo, por ejemplo, episodios de violencia física y psicológica entre alumnos comienzan a formar parte de la normalidad informativa. Lo que hace pocos años hubiese paralizado a una comunidad entera, hoy se consume como un contenido más dentro del flujo diario de noticias. La repetición produce habituación. Y la habituación reduce la sensibilidad.

Algo similar ocurre en el terreno sanitario y psicológico. El aumento de trastornos de ansiedad, depresión, consumo problemático de sustancias y agotamiento emocional ya no sorprende. Los indicadores globales de salud mental publicados por la Organización Mundial de la Salud muestran un crecimiento sostenido del sufrimiento psíquico, especialmente en jóvenes. Sin embargo, gran parte de la respuesta social parece orientada más a administrar síntomas que a comprender causas profundas.

En este contexto, el individuo contemporáneo vive una paradoja inquietante: dispone de más información que nunca, pero de menos herramientas internas para procesarla. La hiperconectividad no necesariamente genera consciencia. Muchas veces produce saturación. Y una persona saturada pierde capacidad de discernimiento, empatía y profundidad.

También en lo social se observa una transformación significativa. El dolor ajeno se vuelve espectáculo. Las redes sociales permiten asistir en tiempo real a conflictos, humillaciones, guerras o tragedias humanas mientras el espectador continúa desplazando el dedo sobre una pantalla. El sufrimiento se vuelve simultáneamente visible y distante.

La filósofa Hannah Arendt utilizó la expresión “la banalidad del mal” para describir cómo personas comunes podían participar de sistemas profundamente dañinos sin percibirse a sí mismas como crueles. Hoy esa idea adquiere nuevas formas. No se trata necesariamente de grandes estructuras totalitarias, sino de pequeños actos cotidianos de indiferencia, automatismo y desconexión emocional.

La naturalización también alcanza el ámbito espiritual. En una cultura acelerada y orientada al rendimiento, muchas personas comienzan a experimentar vacío, desconexión o pérdida de sentido. Sin embargo, incluso ese vacío puede convertirse en consumo: espiritualidades rápidas, discursos motivacionales superficiales y soluciones instantáneas que alivian momentáneamente, pero rara vez transforman.

Desde una mirada de consciencia, el problema central no es solamente el daño exterior, sino la pérdida gradual de capacidad de asombro moral. Cuando algo deja de conmovernos, comienza a normalizarse. Y aquello que se normaliza deja de cuestionarse.

La distopía contemporánea no necesita prohibir el pensamiento crítico; le alcanza con mantener a las personas permanentemente distraídas, cansadas o emocionalmente fragmentadas. En ese estado, la reacción profunda se vuelve difícil. El individuo observa, comenta, comparte… pero rara vez logra detenerse verdaderamente a comprender.

Sin embargo, incluso en este escenario existe una posibilidad distinta. La consciencia comienza allí donde aparece una pausa. Una interrupción del automatismo. Un momento en el que alguien decide no consumir inmediatamente una imagen, una noticia o una emoción, sino observar qué está ocurriendo dentro de sí mismo frente a eso.

La sensibilidad no es debilidad. Es una forma de lucidez. Recuperarla implica volver a percibir aquello que la costumbre intenta volver invisible. Implica reconocer que no todo lo frecuente debe considerarse normal, y que la repetición del daño no lo convierte en aceptable.

Tal vez uno de los mayores desafíos contemporáneos consista precisamente en eso: sostener humanidad en medio de la saturación. No habituarse completamente al sufrimiento. No perder la capacidad de preguntarse qué clase de sociedad estamos construyendo cuando la violencia, la indiferencia o el vacío comienzan a parecer inevitables.

Porque la frontera entre distopía y consciencia no se encuentra únicamente en las estructuras políticas o tecnológicas. También atraviesa la vida cotidiana. Se expresa en la manera en que miramos, reaccionamos o dejamos de reaccionar frente al dolor de los otros y frente al deterioro de nuestra propia sensibilidad.

Y quizá el verdadero riesgo no sea que el mal exista —algo que siempre ha acompañado a la humanidad—, sino que aprendamos a convivir con él sin sentir casi nada.

 

Por Ricardo Grinszpun. Consultor Psicológico y escritor.

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Autor: admin